Lo único seguro que tienes en la vida es la muerte, decía un roído grafiti que apenas si se podía leer en una oscura callejuela del centro de la ciudad. Era una máxima apocalíptica que nunca había necesitado explicación, sin embargo había llegado la hora y a partir de ese día las cosas cambiarían para siempre.
La muerte caminaba calle arriba en busca de un viejo que ya consumía sus últimos minutos. Ya había caído la noche, la niebla subía por la montaña con su manto blanco irreal. Las casas ya tenían sus puertas y ventanas cerradas y trancadas. Sólo la soledad acompañaba a la muerte en su camino, su disgusto era visible, odiaba el frio que se sentía en las noches en los barrios altos, caminaba con zancadas amplias mientras observaba impaciente el correr de las manecillas de su reloj, la hora del viejo ya llegaba a su fin y a él aún le faltaban un par de cuadras irregulares por recorrer.
El viejo respiraba lento sin hacer mucho esfuerzo. Su cuerpo ya hacía mucho tiempo que necesitaba poco aire para funcionar. En la casa ya todos dormían, el inmenso silencio develaba los ruidos cotidianos mitigados por el bullicio del día. Una vela dejaba ver una imagen fraccionada del lugar, el olor a naftalina repudiaba en todos los rincones de la casa.
Los últimos alientos del viejo fueron precedidos por una ráfaga de aire frio. La hora había llegado, la muerte estaba frente a frente con su víctima, posó su mano sobre el cuerpo que ya estaba casi consumido, cerró sus ojos y arrancó con su mano el último aliento de su vientre, había sido un procedimiento rápido en el que no había habido lugar para el dolor y mucho menos para el arrepentimiento.
El alma del viejo estaba aún aturdida al lado de su cadáver. Era un lugar común de todos aquellos que morían, era un instante difícil de entender, pero al fin y al cabo se tenía toda una eternidad para asimilarlo.
La muerte marcó en su libreta una x roja al lado del nombre de su víctima. Era la última del día, por eso salió con tranquilidad de la casa, atravesó la pared, encendió lentamente un cigarrillo y guardo por unos segundos la primera bocanada de humo en su garganta. La noche ya no parecía tan lúgubre, la luna marcaba su punto más alto por lo que las pisadas húmedas dejadas en el suelo cubierto de rocío se hacían cada vez más visibles.
Las sirenas de los carros de policía se escuchaban a lo lejos, el rumor del amanecer parecía estar dos o tres calles más adelante, el camino había sido largo pero aun así la muerte no lo había sentido.
Siguiendo el ritual, la muerte se detuvo en el mismo bar de todos los días a tomar su primer café, sacó su libreta y marcó en una servilleta la ruta a seguir. Tendría un día bastante atareado, tan sólo en la mañana tendría que atender una epidemia en un hospital de mala muerte y luego un homicidio múltiple justo al otro lado de la ciudad.
Al salir del café vio en la esquina, igual que los últimos tres días, tres hombres de negro perfectamente vestidos, cada uno con un maletín, sombrero de ala y paraguas. Parecían una ilusión óptica, eran totalmente iguales, misma estatura y contextura. Al igual que los días anteriores vio como uno de ellos entraba al café y salía al instante mientras los otros sin disimular seguían lo seguían con su mirada, era claro que ya no era una casualidad, había algo raro en este actuar.
Al salir del café, el hombre de negro salió muy excitado, tenía en sus manos la libreta de la muerte y la servilleta de papel que evidenciaba su labor. La muerte aterrorizada y aún incrédula y esperanzada mando su mano al bolsillo izquierdo donde siempre guardaba su pequeño cuaderno, pero era una realidad lo había perdido y ahora lo tenían los hombres de negro.
La escena duro unos segundos que parecieron una eternidad, un cruce de miradas evidencio la angustia de la muerte y a su vez la alegría de los hombres de negro, era claro que ellos sabían quién era la muerte y por ende sabían también lo que tenían en la mano, tenían el destino del mundo.
Los hombres de negro caminaron decididos hacia donde estaba la muerte, esta sin pensarlo corrió calle arriba, huía de sus persecutores, pero a la vez cuidaba que estos no se perdieran de su vista, era una utopía, la muerte estaba huyendo de unos hombres de los cuales no podía a la vez perder el rastro.
La ciudad se hacía cada vez más chica, la persecución se habría paso por todos lados, desde callejones oscuros, hasta las riveras de los ríos. La muerte tenía que pensar rápido, sin embargo su estado no lo dejaba ni respirar, en su mente había más preguntas que respuestas. ¿Quienes eran esos hombres? ¿Por qué sabían quién era él? ¿Qué querían?.
La mañana se consumía rápidamente, el orden celestial ya se había transformado, era el comienzo de un caos universal. Durante toda la mañana nadie había muerto en el mundo, era aún muy pronto para que fuera notable, pero no tardarían los casa estadísticas en darse cuente de lo que estaba pasando. Era hora de afrontar la realidad, la muerte no podía huir más, necesitaba restituir el orden, obtener nuevamente su libro, tenía que enfrentar su destino.
Justo al finalizar la cuesta la muerte se detuvo después de haber corrido durante toda la mañana, paro y se volteo con postura intimidante, los hombres de negro también se detuvieron una calle más atrás, era una mítica escena de duelo, solo que en esta ocasión realmente estaba presente la muerte.
Como quien no tiene miedo los hombres de negro ascendieron la colina, tenían todas las de ganar, no podían morir, pues ellos tenían el oráculo del destino en sus manos, la muerte por su lado se plantó inmóvil, por primera vez en toda la eternidad estaba indefensa, estaba expuesta a morir, y así lo sentía, los papeles se habían invertido y ahora quien tendría que asimilar el deambular por el mundo tan sólo como una alma inanimada era ella.
Los hombres de negro se acercaron a la muerte con una risa propia de aquellos que ostentan el poder, la rodearon y sin musitar palabra arrancaron del cuerpo su último aliento de vida, no hubo tiempo de pedir explicaciones, ni de dar las respectivas advertencias.
La muerte estaba aturdida al lado de su cuerpo sin vida, este no era un lugar común, pues a diferencia de los demás muertos ellos siempre se habían reconocido como mortales y así lo habían asimilado, sin embargo la muerte había siempre tenido su estatus de inmortal, y ahora había perdido la vida.
Los hombres de negro habían cumplido su cometido, habían encontrado la muerte, su misterio y la habían matado, ahora serían ellos quienes jugarían a ser Dios.
Respetando el ritual los hombres de negro bajaron la cuesta y fueron al café donde la muerte solía revisar su itinerario, solo que esta vez los contertulios no pidieron café, sino que pidieron algo más fuerte para celebrar.
Justo después del primer brindis procedieron a revisar el libro de la muerte, sacaron la cinta que lo mantenía cerrado y lo abrieron, en ese instante el libro se desmenuzó en las manos de quien lo tenía, se había convertido en arena que se escabullía por dentro de los dedos.
Los hombres de negro estaban atónitos, incrédulos observaban lo que pasaba, la arena que caía al piso ascendía por dentro de sus pantalones y consumía su cuerpo. Trataron de gritar pero sus voces ya no existían, como tampoco existían los huesos en su cuerpo, fue una muerte lenta y dolorosa. Era una escena irreal, pero al fin y al cabo que en la vida lo era.
Con la muerte muerta, el mundo paso a ser un caos infinito, a partir de ese día nadie volvería a morir en el mundo, todos los humanos pasarían a ser inmortales y la tierra dejaría de ser lo que había sido siempre, un lugar predecible.
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